Niké en París. Alada, decapitada, dónde culminan las escaleras, en el Louvre. Le han sabido dar su lugar en esa ciudad a la Victoria de Samotracia.

Hasta en el cabaret elegante, si eso es posible, tiene su espacio esta piedra gloriosa.

París, gris, lluvioso, melancólico y decadente, me retuerce el corazón. Pintalabios rojo, abrigos de corte masculino andan por las calles sobre chicas suspiro. Solo hay que verlas fumar.

París, vino, bio, mucha moda, humo, arte y bastante desequilibrio emocional dulce y glamouroso. Necesario.

Vuelvo con libros de Shakespeare&Co, de James Joyce y Hemingway. Con el deseo de ser uno de ellos sólo justo antes de volverme insensible a las emociones desatadas. Quiero conservarlas, por lo que pueda suceder…

Pero hablemos de la noche, del bling bling, el champagne, las plumas, las bailarinas, de una femme de pelo rojo cantándole con voz rota a una ciudad que es casi un país entero. La noche en Lido fue y será siempre un rasguño mal curado en mi piel. La cicatriz de este viaje.

La gárgola sin cabeza.

Lo que fué y ya no será jamás.

Nublado y con previsión de fuertes ráfagas de amor.

Las calles, las verdades.

Dulce martirio.

Una libreta Moleskine en el Cafe de Flore es como una cerveza en el Bar Los Caños.

Una pequeña y roja.

Y más ventanas a las calles. Juro que yo no lo puse ahí.

En las calles, y en tu cabeza, París.

Pasaba por Pompidou

Au Revoir. Adiós. Giraffe.