Y hablando sobre eso…me quedo con Violetas Imperiales, las joyas, todas, y una chaquetilla de torero como pan de oro.

Estoy de paso en un escaparate de lo «surreal» o lo «hiperreal», que diria él. No me conmueve su tiempo desparramado por todas partes, pero le encuentro cierta gracia a la decadencia de su bigote.

Y valió la pena el paseo y la cola. Me di cuenta de eso al ver una silla, rosa como un chicle, con la mano de una muñeca asomando. Parecía la cagada de un flamenco, pero con gracia.

Y allí estábamos, sin esforzarnos por entender nada, jugando con la hipotrofiada neurona. No sacamos a las más aventajadas, no era el lugar.

Y como la sopa, me sentí en un batiburrillo caldoso y a todo color del arte más pop (ular). Empaquetado y servido a todos los públicos como un self-service de lo sublime. Una verdadera patada en el centro de la autentificación, pero necesaria.

Y  las joyas, las únicas sinceras, que sólo estaban allí para que las miraras y te fueras. Y sin molestar.

(…Y los del norte, con el mismo ritual que en los pasillos de Ikea).

Y por cierto, este post va del Museo Dalí. Y te he dado muchas pistas.