Cuando viajo, me gusta ir a los mercados del lugar, a los barrios de calles estrechas y hablar con la gente.

Soy más de la tienda de toda la vida, la que cuando entras en ella, te saludan por tu nombre.

Soy de semanas tranquilas en las que no pasa nada y sociabilizar por la tarde, un ratito solo.

Me gustan las cenas de verano en las que nadie tiene prisa por levantarse de la mesa e ir a ningún otro lugar.

Soy de poco pero digno, con valor emocional. Soy de largos plazos, compromiso.

Me va lo auténtico, sin filtro. No me van las redes sociales, leer en tablet (de lo peor), y los muebles caros.

Prefiero la luz, el silencio a ratos, el agua y lo de siempre, lo normal. La fruta y la hamaca, el té y la película intimista que te remueve.

Llegar a casa y saber, que te espera un abrazo si quieres, de los de «efecto clase de yoga».

Soy feliz sabiendo que me aman, en un metro cuadrado, sintiendo el aliento y el bombeo del corazón. Me siento tan diferente que a veces escuece.

Me gusta estar guapa para mi otra mitad, para que quiera mirarme siempre. Me van más los domingos por la mañana que los sábado por la noche.

Prefiero costear en coche las carreteras con curvas y mar, que viajar a Bali en primera.

Me va el papel y las notas con corazones, la música en la calle y pararme en un café de nombre raro, hablar con los que viven ahí o no…Solo pararme.

Y pensar en que aún debo mejorar, que no puedo ser tan poca cosa.

No necesito nada más que un poco de sosiego, espacio. Dame algo parecido y te haré un escrito, y de ahí una vida.

¿Y tu, eres más de alma o de prisa?