Lo vi en tus precavidos ojos por primera vez,
seguían acompasados, atomizados en dos mil fragmentos,
la voz alzada que hacía de railes a palabras que yo ya sospechaba.

Me contaste tu historia (la de verdad), tocando hueso. De ese día al cielo,
y ahora conmigo, al infierno.

Tenías el iris gris, como si tuvieras nublado el norte de tu cabeza,
con altas probabilidades de inundaciones. De las que arrastran todo y
solo dejan barro.

Pero saqué el ancla, inmuté la cara, te escuché y me rompiste el alma.
Nunca, jamás, en esta vida o cualquier otra, dejaré que pongas un pie
en el camino hacia el azul oscuro de la tristeza.

Ahora ya se hacia donde llevarte: dirección contraria.
Así que tranquilo, no hagas nada. Me has dado la llave, gracias.

Estoy hace rato, entre tus pliegues de cenizas y antiguas certezas.
En el epicentro de todas tus flaquezas. Apuntalando tu alma mi amor, ya no temas.